Somos una entidad financiera que nació en las faldas del volcán Imbabura, en la comunidad La Compañía, un pueblo que crece a orillas de lago San Pablo. Origen institucional
Como muchas historias alrededor del mundo, la historia de nuestra institución comienza en la necesidad de contar con capital de trabajo. Ante la falta de plazas de empleo, los habitantes de nuestra comunidad vimos en el comerci
o de artesanías y de textiles, la actividad que podía darnos los medios de subsistencia. Antes de aquello nos dedicábamos a la agricultura a pequeña escala, cuya producción era destinada casi en su totalidad al consumo doméstico. En aquellos tiempos no poseíamos escrituras ni ninguna documentación que nos avale como dueños de las tierras. Sin esta documentación, necesaria para acceder a créditos bancarios, nuestra única salida era acudir a chulqueros, quienes nos prestaban dinero con intereses de hasta el 25% mensual. Pero, como se dice que las crisis o las necesidades son oportunidades, en 1983, yo, Enrique Ascanta Maldonado, encabecé la formación de un grupo de 20 personas. Como ciudadanos de bien, desde el principio le dimos transparencia a nuestra organización; un asesor jurídico nos ayudó a instituir una Asociación Católica. Esta organización se dedicaría a fomentar el bienestar espiritual, a fortalecer los rasgos de nuestra cultura indígena, a realizar trabajo social y a respaldar emprendimientos financieros. Algo a tomar en cuenta es que todos los socios éramos analfabetos, pero esa nunca fue una excusa para no hacer las cosas de manera correcta, al contrario, debido a nuestra situación, pedimos el apoyo de monseñor Antonio Arregui. Él nos asesoró y encaminó a que nuestra institución sea diáfana y muy seria. La capacidad de monseñor Arregui siempre ha dado resultados, no por nada en 1985 fue coordinador de la visita pastoral del Papa Juan Pablo II al Ecuador, y en la actualidad es arzobispo emérito de Guayaquil. Así nació nuestra institución financiera, sana, lúcida, y así ha ido creciendo, afianzándose. Empezamos con un capital de 100.000 sucres (el sucre fue la moneda nacional de Ecuador hasta el año 2000, cuando fue reemplazada por el dólar). Al principio únicamente concedíamos préstamos a vecinos y familiares, pues surgimos como una asociación de personas conocidas. Sin embargo, en 1993, uno de los socios comentó que los habitantes de las comunidades aledañas requerían nuestros servicios financieros. Para ese año, la organización disponía de 500.000 sucres. El socio en mención argumentó que las personas de las comunidades aledañas tenían los mismos inconvenientes que nosotros tuvimos en torno a acceder a los créditos bancarios. Todos coincidimos en que no podíamos tratar con indiferencia a nuestros conciudadanos. Como éramos analfabetos, confiábamos en nuestros hijos para que asumieran el control de la entidad. De esta forma, tramitamos la documentación pertinente y le dimos a la organización las garantías del caso. Pese a su juventud, mi hijo, Alberto Ascanta, entendió que las instituciones exitosas son aquellas que afrontan el reto de crecer. Alberto, que ya sabía leer y escribir, fue empapándose de los conocimientos que exige la actividad financiera. Apoyados en él, empezamos a facilitar préstamos a residentes de las comunidades vecinas: Camuendo, Agato, Peguche, Quinchuquí y Pucará de Velásquez. Como ocurre en todo proceso de desarrollo, lidiamos con algunos contratiempos, hasta que en 2004 obtuvimos la personería jurídica. Impacto en la comunidad
Las personas de la comunidad La Compañía nos sentimos privilegiadas por nuestra ubicación geográfica, pues pocas poblaciones en el mundo tienen la suerte de vivir al pie de un volcán y alrededor de un lago. Estar al pie del volcán Imbabura y cerca al lago San Pablo nos inspiró a bautizar a nuestra institución como Cooperativa Imbabura, nombre al que simplificamos como Imbacoop Ltda. Para entonces habíamos aumentado la cantidad de socios de 20 a 150, y aunque marchábamos muy bien como asociación, la jerarquía de cooperativa era indispensable, tal como pasa con la metamorfosis de una mariposa, que pasa de oruga a crisálida, hasta salir de la pupa y abrir las alas. En ese momento, nuestra organización contaba con más jóvenes, a cuatro de ellos les encomendamos las responsabilidades financieras, designando a Alberto Ascanta en el cargo de gerente general. Mientras los 20 socios principales nos dividimos tareas como directivos del Consejo de Administración y Vigilancia. Gracias a estos cambios, el crecimiento de la cooperativa se aceleró considerablemente, tanto, que en 2009 afrontamos complicaciones relacionadas al archivo y procesamiento de datos. Como solo teníamos documentos físicos, era urgente implementar un departamento de sistemas y redes. La implementación del sistema informático no solo modernizó nuestro funcionamiento, nos permitió, además, abrir agencias en ciudades como Otavalo e Ibarra, mercados financieros con los que captamos nuevos socios. Ahora, a nuestros servicios también acceden personas de San Pablo, Cotacachi, Atuntaqui, Cayambe, Baños, Tena y Puyo, por lo que Imbacoop tiene presencia interprovincial (Imbabura, Pichincha, Tungurahua, Napo y Pastaza) e interregional (Sierra y Amazonía), sumando en total 2050 socios. Socio, esa es la diferencia. Las personas que confían en nosotros no son meros clientes o usuarios, son socios, un concepto que, desde nuestro trato hacia ellos, los empodera como parte de la organización.