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EL PRECIO DE UNA BAJA CALIFICACIÓN CREDITICIAEsta semana, mientras la mayoría de los mexicanos estaban ocupados con la v...
24/05/2026

EL PRECIO DE UNA BAJA CALIFICACIÓN CREDITICIA

Esta semana, mientras la mayoría de los mexicanos estaban ocupados con la vida cotidiana, se dio una noticia que se sentirá en los bolsillos de las familias. Moody’s Ratings, una de las tres agencias calificadoras más importantes del mundo, bajó la calificación crediticia de México, dejando al país a un solo escalón del grado especulativo: ese umbral donde un país deja de ser considerado una inversión segura y empieza a ser tratado como una apuesta.

Días antes, S&P Global Ratings ya había cambiado su perspectiva sobre México de estable a negativa. Y Fitch Ratings tiene al país en el último peldaño del grado de inversión desde hace tiempo. Las tres grandes agencias de calificación crediticia coinciden: México preocupa.

El problema es que el ciudadano común muchas veces desconoce lo que esto significa, y ese desconocimiento es, precisamente, lo que vuelve a la ciudadanía impotente ante decisiones que debería poder cuestionar.

Imagine que usted necesita pedir dinero prestado. Va al banco y el banco no lo conoce, así que busca referencias: ¿paga usted sus deudas? ¿Tiene trabajo estable? ¿Gasta más de lo que gana? Con base en esas respuestas, el banco decide si le presta, cuánto le presta y, sobre todo, a qué tasa de interés. Si usted tiene un historial impecable, el banco confía en usted y le cobra poco por el préstamo. Si usted ha fallado en pagos anteriores o sus finanzas están en desorden, el banco le cobra más, porque considera que prestarle dinero es un riesgo mayor.

Ese es, en esencia, el principio de las calificaciones crediticias para los países. Solo que en lugar de un banco local, los prestamistas son inversionistas de todo el mundo, y en lugar de un asesor financiero que lo revisa a usted, existen agencias calificadoras especializadas que analizan detalladamente las finanzas de las naciones. Entre las más conocidas se encuentran Moody’s, Fitch Ratings y S&P Global Ratings. Estas instituciones observan las finanzas de los gobiernos con una mirada fría y matemática. Analizan cuánto ingresa un país, cuánto gasta, cuánto debe, cuán rápido crece su economía, cuán estable es políticamente y si tiene capacidad real de cumplir sus compromisos financieros. Con todo ese análisis, emiten una calificación representada por letras, como si fuera la boleta de calificaciones de una escuela, solo que con consecuencias infinitamente más serias que reprobar una materia.

La escala más conocida va de AAA, que es la máxima calificación posible y significa que es un deudor muy confiable, hasta la D, que significa incumplimiento total. En medio hay una frontera crítica que separa lo que se llama “grado de inversión” de lo que se denomina “grado especulativo” o, en el lenguaje más crudo de los mercados, “bono basura”. Un país con grado de inversión es considerado relativamente seguro para prestarle dinero. Un país con bono basura es considerado de alto riesgo.

México está hoy, con Moody’s y con Fitch, en el último escalón del grado de inversión. Un escalón más abajo y caemos al abismo del bono basura.

¿Por qué llegamos aquí? Las razones que documentó Moody’s en su reporte son concretas y difíciles de rebatir. En dos años, la deuda pública bruta de México saltó del 39.8% al 49.3% del Producto Interno Bruto. El déficit fiscal, es decir, la brecha entre lo que el gobierno gasta y lo que realmente recauda, cerró 2025 cerca del 5% del PIB, un punto por encima de lo que el propio gobierno había prometido. A eso hay que sumarle el apoyo sostenido a Pemex, que sigue absorbiendo recursos sin mostrar mejora. Y la economía, lejos de compensar con crecimiento, proyecta menos del 1% para este año.

Una economía que casi no crece, que gasta más de lo que genera y que acumula deuda rápidamente, desde cualquier ángulo racional, es una economía en problemas.

Ahora bien, ¿qué pasa concretamente cuando a un país le bajan la calificación? La respuesta es que pedir prestado se vuelve más caro.

Cuando un país tiene buena calificación, los inversionistas del mundo compiten por prestarle dinero porque lo consideran seguro, y esa competencia mantiene las tasas de interés bajas. Cuando la calificación baja, esa confianza se erosiona y las reglas cambian. Cualquier entidad que salga al mercado a buscar financiamiento, sea el gobierno federal, un estado, un municipio, una empresa o una persona, lo hará en un entorno donde los prestamistas exigen más garantías, piden tasas más altas e imponen condiciones más estrictas. Esos intereses adicionales son dinero que no irá a construir nada. Dinero que simplemente se evaporará en el costo de haber perdido credibilidad.

Y ese costo no lo paga quien tomó las decisiones. Lo paga el ciudadano que ve cómo se encarecen sus créditos y encuentra que en el súper su dinero ya no alcanza. Lo paga el niño que estudia en una escuela que lleva años esperando una reparación que nunca llega porque el presupuesto se fue en intereses. Lo paga el enfermo que llegará al hospital y encontrará que faltan medicamentos e insumos porque el dinero alcanzó para menos de lo que se necesitaba.

La irresponsabilidad fiscal llega disfrazada de generosidad en los discursos políticos, como “inversión en el pueblo” o “gasto social prioritario”, pero en los mercados internacionales tiene un nombre diferente: riesgo. Porque un país que reparte lo que tiene sin crear las condiciones para generar más, no está invirtiendo en su pueblo, está consumiendo su futuro. Vale aclarar que las calificadoras no penalizan el gasto social. Penalizan el gasto que se evapora sin dejar infraestructura, sin dejar empleos formales, sin dejar una economía más fuerte al final del camino.

Por eso importa entender qué es una calificación crediticia. No porque sea un tema reservado para especialistas, sino porque funciona como el termómetro que revela si quienes toman decisiones en nombre de todos, están administrando con responsabilidad el dinero público. Y cuando ese indicador enciende alertas tres veces consecutivas, en evaluaciones distintas y por instituciones independientes, la respuesta no puede ser cambiar el termómetro. La respuesta tiene que ser atender la enfermedad.

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Esta semana, mientras la mayoría de los mexicanos estaban ocupados con la vida cotidiana, se dio una noticia que se sentirá en los bolsillos de las familias. Moody’s Ratings, una de las tres agencias calificadoras más importantes del mundo, bajó la calificación crediticia de México, dejando ...

MÁS ALLÁ DE LAS VACACIONES Hay discusiones que terminan revelando mucho más que una simple diferencia de opiniones. Lo q...
17/05/2026

MÁS ALLÁ DE LAS VACACIONES

Hay discusiones que terminan revelando mucho más que una simple diferencia de opiniones. Lo que ocurrió en México tras las declaraciones de Mario Delgado, Secretario de Educación Pública, y la polémica desatada por las vacaciones escolares adelantadas, dejó al descubierto un país cansado, dividido, frustrado y cada vez más incapaz de poner a los niños en el centro de las decisiones.

Durante días, el debate dejó de girar alrededor de la educación para convertirse en una batalla de reclamos y descalificaciones. Que si las escuelas no podían seguir funcionando como guarderías en un período escolar donde ya casi no ocurría nada verdaderamente académico. Que si las clases debían terminar antes por el calor. Que si los niños necesitaban convivir más tiempo con sus padres. Que si los maestros también merecen descansar después de meses de trabajo. Que si incluso el calendario escolar debía ajustarse por eventos como el fútbol. Y mientras cada sector defendía sus razones y descargaba sus frustraciones en redes sociales, los niños desaparecieron de la conversación.

Porque mientras padres y maestros se lanzaban acusaciones, mientras las redes sociales se llenaban de enojo, sarcasmo y desprecio mutuo, casi nadie parecía verdaderamente indignado por el desastre educativo que atraviesa el país, ni por lo que realmente necesitan los estudiantes mexicanos.

Mientras el país discutía si las vacaciones escolares debían durar más o menos, casi nadie hablaba de lo verdaderamente alarmante, que los resultados de la prueba PISA 2022 evidencian que México arrastra desde hace años una profunda crisis educativa. En matemáticas, nuestro país quedó muy por debajo del promedio internacional, revelando que dos de cada tres estudiantes mexicanos no alcanzan el nivel mínimo de competencia.

Los resultados en lectura y ciencias tampoco fueron alentadores y reflejan las enormes deficiencias que continúa arrastrando el sistema educativo mexicano. Y no estamos hablando de cálculo avanzado ni de teorías complejas. sino de habilidades básicas para la vida cotidiana, comprender lo que se lee, interpretar información, resolver problemas sencillos y pensar con lógica.

Sin esas herramientas, los jóvenes enfrentarán enormes dificultades para competir, trabajar y desenvolverse en un mundo cada vez más exigente. Eso debería provocar una auténtica emergencia nacional.

Sin embargo, pareciera que como sociedad nos hemos acostumbrado a convivir con el fracaso educativo hasta el punto de dejar de escandalizarnos por él.

Resulta verdaderamente alarmante que el propio secretario de Educación reconozca públicamente que existe tiempo escolar desperdiciado en un país cuyos resultados académicos atraviesan una crisis tan grave.

Si las autoridades admiten que existen semanas enteras sin un verdadero propósito pedagógico, entonces ¿por qué el sistema sigue diseñado de esa manera? ¿Por qué no se planea un cierre de ciclo escolar que realmente aproveche cada día de clases y le dé sentido al tiempo que los niños pasan en las aulas?

Lamentablemente, nos hemos acostumbrado a que las escuelas simulen el aprendizaje. Nos acostumbramos a que avanzar de grado sea automático, a que ya no se puede reprobar. Nos acostumbramos a bajar la exigencia para que nadie se sienta mal. Y en nombre de una supuesta inclusión terminamos abandonando académicamente a millones de niños.

Lo más triste es que gran parte de la discusión nacional terminó reduciéndose a una frase repetida hasta el cansancio, que las escuelas no son guarderías. Y aunque es cierto que la educación no debería reducirse únicamente a una función de resguardo, también resulta profundamente injusto simplificar de esa manera la realidad que enfrentan millones de familias mexicanas, especialmente en un país donde para muchos hogares sobrevivir ya implica que ambos padres tengan que trabajar jornadas cada vez más agotadoras.

Porque es muy fácil señalar a las madres trabajadoras desde la comodidad del juicio moral. Es muy fácil preguntar “¿para qué tienen hijos si no pueden cuidarlos?”. Lo difícil es mirar de frente a la realidad económica del país y entender que, para millones de familias mexicanas, que ambos padres trabajen ya no es una elección, sino una necesidad. No se puede culpar a una madre por salir todos los días a ganarse la vida. Muchas trabajan porque, si no lo hacen, simplemente no alcanza para comer.

La realidad que enfrentan hoy los padres de familia es brutal. Personas viviendo permanentemente cansadas. Familias sin tiempo, corriendo entre jornadas laborales, tráfico, pagos y responsabilidades infinitas. Madres y padres tratando de sobrevivir emocional y económicamente mientras intentan criar hijos en un entorno cada vez más demandante.

Por supuesto que las empresas deben ofrecer mayor flexibilidad laboral y condiciones más humanas. México necesita urgentemente una cultura laboral más empática con los padres de familia. Pero también es cierto que el gobierno no puede limitarse a exigirle más y más al sector productivo mientras continúa exprimiéndolo fiscalmente.

Si el Estado realmente quiere que existan esquemas laborales más flexibles para madres y padres, entonces también debería generar incentivos fiscales para las empresas que implementen horarios familiares, trabajo híbrido o apoyos de cuidado infantil. No se puede exigir productividad infinita, cargar impuestos enormes y al mismo tiempo pedir que las empresas absorban solas todos los costos sociales.

La realidad es mucho más compleja que reducir todo al argumento simplista de que “las empresas son las malas de la historia”.

Y hay algo todavía más doloroso. Mientras se habla de salud mental y bienestar infantil, miles de niños toman clases en condiciones indignas. Escuelas con calor insoportable. Salones convertidos en hornos. Alumnos sudando mientras intentan concentrarse. Maestros exhaustos tratando de enseñar en aulas donde respirar ya resulta difícil.

Si el calor realmente preocupa, entonces el gobierno debería invertir masivamente en infraestructura escolar. Debería instalar aires acondicionados, mejorar instalaciones eléctricas y garantizar espacios dignos de aprendizaje. Porque los niños son importantes. Porque son el futuro del país y la respuesta no puede ser simplemente cancelar clases cada vez que las condiciones climáticas se vuelven insoportables.

Más allá de las vacaciones, tal vez ha llegado el momento de que como sociedad y como padres dejemos de desgastarnos en discusiones absurdas y comencemos a destinar esa energía a exigir y defender lo que verdaderamente importa, la calidad de la educación de los niños de este país.—Mérida, Yucatán

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Editoriales del Diario de Yucatán: un análisis riguroso de la política de México hoy con voces críticas sobre las decisiones que importan

MADRES DIVIDIDASRecuerdo que en mi niñez veía a mi abuela ser siempre la primera en levantarse. Todavía de madrugada pre...
10/05/2026

MADRES DIVIDIDAS

Recuerdo que en mi niñez veía a mi abuela ser siempre la primera en levantarse. Todavía de madrugada preparaba el atole que mi abuelo se llevaría a la milpa y, a partir de ese momento, su día transcurría entre la cocina, el lavadero y las tortillas calientes sobre el comal. En el pueblo donde crecí, ser una buena mujer tenía una definición muy clara: atender a la familia, cuidar la casa, cocinar bien, criar hijos obedientes y nunca poner tus propias necesidades al centro.

Así vivían las mujeres en la comunidad donde pasé mi infancia. Su existencia giraba alrededor de ser buenas esposas y buenas madres, como si ese fuera el destino natural e incuestionable de toda mujer. Había muy poco espacio para preguntarse qué soñaban, quiénes querían ser, o qué vida habrían elegido para ellas mismas, porque casi todo su mundo giraba en torno a las necesidades de los demás.

Por eso, cuando llegaba el 10 de mayo, los regalos para las madres decían mucho sobre la manera en que la sociedad las concebía. Se les regalaban ollas, sartenes, vajillas y, en los casos más afortunados, algún electrodoméstico. Era una forma silenciosa de decirles: “Gracias por dedicar tu vida a tu familia; aquí tienes más herramientas para seguir haciéndolo”.

Pero las mujeres cambiaron, y el mundo todavía no termina de entenderlo.

Hoy las madres ya no son solo amas de casa y mujeres dedicadas a criar hijos.

También emprenden negocios, dan clases, atienden pacientes, hacen guardias nocturnas, trabajan en oficinas, venden productos, limpian casas ajenas, manejan patrullas y desempeñan cientos de trabajos más, mientras enfrentan la presión de un mundo laboral cada vez más competitivo y demandante. Y aun así, después de cumplir con todas esas responsabilidades, muchas regresan a casa para continuar con otra jornada silenciosa y no remunerada: cuidar, escuchar, resolver problemas y seguir siendo el principal sostén emocional de sus familias.

La maternidad moderna no sustituyó responsabilidades, las multiplicó. Y confieso que, en mi caso, muchas veces ha sido difícil de sobrellevar.

Hay días en los que me descubro sintiéndome exactamente como aquella niña del pueblo que aprendió que una buena madre debía estar por completo dedicada a su familia. Esa idea sigue viviendo dentro de mí, aunque la vida que llevo sea completamente distinta.

Muchas veces siento que vivo dividida en dos personas distintas. Una parte de mí está concentrada en resolver problemas, tomar decisiones, contestar mensajes urgentes, apoyar a mis equipos y mantener todo funcionando. La otra parte está pensando si mis hijos ya comieron bien, si me extrañaron, si llegué demasiado tarde otra vez, o si algún día recordarán más mis ausencias que mis esfuerzos.

Hay noches en las que llego agotada después de resolver problemas todo el día y, aun así, mi cabeza no descansa. Me pregunto si quizá debí pasar más tiempo con mis hijos, si contesté mensajes de trabajo cuando debía estar escuchándolos, o si estoy dejando recuerdos vacíos donde tendría que haber más presencia. Y esa culpa duele. Porque no importa cuánto trabajes, cuánto logres o cuánto construyas. Cuando eres una madre trabajadora, siempre existe una voz interior que te hace preguntarte si estás descuidando a tus hijos.

Y mientras vivo este conflicto interno, pienso en otras madres cuya realidad es todavía más dura. Porque, aunque a veces no lo dimensionemos, muchas de nosotras tenemos privilegios que otras mujeres simplemente no pueden darse. Pienso en las policías que pasan noches enteras patrullando calles peligrosas mientras sus hijos duermen sin ellas; en las enfermeras que cuidan vidas ajenas mientras se pierden cumpleaños, festivales escolares y cenas familiares; en las mujeres que limpian casas ajenas después de haber dejado la propia sin atender; y en tantas otras que no solo sostienen económicamente a sus familias, sino que además cargan con toda la responsabilidad emocional del hogar. Mujeres que día tras día siguen adelante incluso cuando el cansancio ya les pesa hasta el alma.

Cada vez estoy más convencida de que el mundo le debe muchísimo a las madres trabajadoras y, sin embargo, todavía hace demasiado poco por ellas. No se habla lo suficiente de lo difícil que es intentar llevar una vida laboral y construir el éxito profesional mientras una parte del corazón permanece siempre en casa.

Lo más duro es que muchas veces el mundo nos obliga a escoger entre dos versiones de nosotras mismas, imposibles de lograr al mismo tiempo. Nos dicen que las mujeres de hoy debemos ser independientes, fuertes y exitosas, pero también nos educaron para creer que el amor maternal se mide en renuncia y presencia absoluta. Entonces una vive sintiendo que siempre queda mal con alguien.

Si trabajas y no tienes mucho tiempo para la familia, alguien dirá que descuidas a tus hijos. Si dejas de crecer profesionalmente por cuidarlos, alguien preguntará por qué desperdiciaste tu potencial. Y mientras todos opinan, millones de mujeres intentan sobrevivir emocionalmente a una exigencia imposible de cumplir.

Ser madre trabajadora hoy es un reto enorme y el gobierno tendría que entenderlo con mucha más seriedad. No bastan los discursos emotivos cada 10 de mayo. Se necesitan políticas reales para apoyar a las familias: guarderías suficientes, horarios laborales más humanos, espacios seguros para dejar a los hijos, apoyo psicológico, flexibilidad para las madres y también para los padres.

Los gobiernos hablan constantemente de la familia, pero pocas veces entienden cómo vive realmente una madre trabajadora. Cada vez que hay consejos técnicos, cambios escolares o suspensiones de clases “como si nada”, millones de mujeres sienten angustia inmediata. Porque mientras alguien toma decisiones desde un escritorio, hay madres preguntándose desesperadamente quién cuidará a sus hijos mientras ellas trabajan. Hay mujeres haciendo cuentas mentales para saber si perderán dinero, si pedirán favores o si tendrán que dejar solos a sus hijos durante horas.

Las madres no necesitan solamente homenajes, flores o regalos una vez al año. Necesitan apoyo real, comprensión y una sociedad mucho más humana con ellas. Porque el verdadero regalo para una madre quizá no sea algo que se envuelva, sino vivir en un mundo donde no tenga que elegir entre ser buena mamá o lograr ser ella misma.

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Recuerdo que en mi niñez veía a mi abuela ser siempre la primera en levantarse. Todavía de madrugada preparaba el atole que mi abuelo se llevaría a la milpa y, a partir de ese momento, su día transcurría entre la cocina, el lavadero y las tortillas calientes sobre el comal. En el pueblo donde ...

EL PAÍS QUE DESPRECIA A SUS TÉCNICOSUna de las ideas más arraigadas en nuestra sociedad mexicana, es que el éxito profes...
03/05/2026

EL PAÍS QUE DESPRECIA A SUS TÉCNICOS

Una de las ideas más arraigadas en nuestra sociedad mexicana, es que el éxito profesional necesariamente pasa por la universidad, y que el prestigio se mide por contar con un título de licenciado, ingeniero u otro grado similar. En contraste, la formación técnica suele verse como una alternativa secundaria, para quienes “no pudieron llegar más lejos”. Sin embargo, esa narrativa, repetida durante décadas en hogares, escuelas y discursos públicos, está cada vez más alejada de la realidad y hoy le está costando al país crecimiento económico, productividad y múltiples oportunidades de desarrollo laboral.

Mientras en México miles de jóvenes compiten por un lugar en universidades, muchas veces en carreras saturadas, sectores enteros de la economía enfrentan una escasez crítica de técnicos calificados. Electricistas, mecatrónicos, operadores industriales, técnicos en energías renovables, especialistas en mantenimiento, soldadores certificados, etc. La lista es amplia y la demanda de estos perfiles es creciente.

Según el Anuario Estadístico de la Población Escolar en Educación Superior de la ANUIES, con datos del ciclo escolar 2024–2025, en México, de un total de 5,041,409 estudiantes en educación superior, 4,720,618 cursaban licenciatura universitaria o tecnológica, es decir, el 93.64%; mientras que apenas 192,853 estaban en programas de técnico superior, lo que representaba solo el 3.83%.

La diferencia no es menor. Podríamos decir que prácticamente casi todo el sistema de educación superior está orientado a la formación universitaria, dejando a la educación técnica en un papel marginal.

Estos datos nos dejan ver un contraste evidente con países industrializados que han construido su competitividad precisamente sobre una base técnica sólida. El caso de Alemania es especialmente ilustrativo. Con un PIB superior a los 4 billones de dólares, su economía no se sostiene únicamente sobre administradores, ingenieros o abogados. Su verdadero músculo productivo descansa en el sistema dual de formación profesional, un modelo que es central en su estructura económica y social.

En ese modelo, estudiar y trabajar no implican caminos separados, sino que forman parte del mismo proceso. Mas de la mitad de los jóvenes opta por esta vía después de la secundaria, integrándose a programas donde combinan tres o cuatro días de trabajo en una empresa con uno o dos días de formación en escuelas técnicas, durante periodos de entre dos y tres años y medio. No se trata de prácticas profesionales simbólicas, ya que reciben un salario, adquieren experiencia real y desarrollan habilidades directamente vinculadas al mercado en cientos de ocupaciones, desde oficios tradicionales hasta áreas tecnológicas avanzadas.

La participación de las empresas, en coordinación con el Estado y organismos especializados, permite que la formación académica responda a necesidades reales de la economía. Alemania mantiene bajos niveles de desempleo juvenil y logra que más del 60% de los aprendices sean contratados por las mismas empresas donde se formaron.

En Alemania, ser técnico no es sinónimo de fracaso académico, sino de especialización productiva. Un técnico calificado puede ganar entre 35,000 y 50,000 euros anuales en etapas tempranas de su carrera, lo que equivale aproximadamente a entre 700,000 y poco más de un millón de pesos mexicanos al año. Pero más importante que el ingreso es el reconocimiento social. No existe esa mirada condescendiente hacia quien trabaja con las manos, porque se entiende que en esas manos está la precisión que sostiene a la industria.

Lamentablemente, en México todavía no lo entendemos y seguimos siendo un país que desprecia a sus técnicos. Hemos construido una pirámide de prestigio donde en la cima están las profesiones de escritorio y en la base los oficios técnicos, aunque la realidad económica diga exactamente lo contrario.

En un país donde actividades como la industria manufacturera, la construcción, la minería y la generación de energía representan más del 30% del PIB, y donde existe una necesidad crítica de mano de obra técnica, resulta contradictorio seguir ignorando estas opciones de inserción laboral.

Esta desconexión se vuelve aún más evidente al revisar las ofertas laborales. Un técnico especializado en mantenimiento industrial puede ganar entre 15,000 y 30,000 pesos mensuales, mientras que muchos egresados universitarios, aun con experiencia, perciben salarios de entre 12,000 y 20,000 pesos en áreas saturadas.

Además, hay otro factor que no deberíamos ignorar. En un mundo donde la automatización y la inteligencia artificial están transformando el mercado laboral, los trabajos técnicos especializados, aquellos que requieren intervención humana, adaptación y experiencia, se vuelven cada vez más valiosos. Mientras algunos empleos de oficina pueden ser sustituidos por sistemas automatizados, muchos oficios técnicos seguirán siendo insustituibles.

Aclaro que no se trata de restarle valor a la educación universitaria, sino de cuestionar la idea de que es la única vía válida para el éxito profesional. Impulsar un mayor equilibrio en el sistema apostando por la educación técnica implica reconocer que no todos los talentos se desarrollan en el mismo tipo de aula y que la inteligencia también se expresa en la habilidad manual, en la precisión técnica y en la capacidad de resolver problemas concretos. Para ello se requiere rediseñar planes educativos, incentivar a las empresas a formar aprendices, dignificar el trabajo técnico desde la escuela y transformar la orientación vocacional. Pero también exige cambiar la conversación en casa, dejar de ver el oficio como una segunda opción y entenderlo como una elección legítima y potencialmente próspera.

Deberíamos aprender de Alemania que no es exitosa por casualidad. Lo es porque entendió que el desarrollo no se construye detrás de un escritorio y solo con ideas, sino también con manos capaces de ejecutarlas. Porque comprendió que una economía sólida necesita tanto a quien diseña como a quien construye.

Como país estamos en un punto de inflexión. Podemos seguir reproduciendo un modelo que, genera desempleo, frustración y desperdicio de talento, o podemos apostar por una transformación que reconozca el valor de todas las formas de conocimiento y de todos los tipos de trabajo, porque todos son dignos. Revalorizar la educación técnica no es mirar hacia abajo, sino, en realidad, es mirar hacia adelante, que es lo que deberíamos estar haciendo.

Marisol Cen

Profesora Universitaria y Consultora Financiera

Editoriales del Diario de Yucatán: el pulso peninsular en política, salud, cultura y deporte; visiones claras y objetivas del panorama actual

EL DEBER DE NO SER NECESARIOSAhora que se acerca el Día del Niño y veo a mis hijos, que siguen siendo niños, pero ya no ...
26/04/2026

EL DEBER DE NO SER NECESARIOS

Ahora que se acerca el Día del Niño y veo a mis hijos, que siguen siendo niños, pero ya no por mucho tiempo más, no puedo evitar preguntarme qué es lo que más quiero para ellos.

Podría decir lo típico, salud, felicidad, amor. Podría hablar de sueños grandes, de oportunidades, de un mundo mejor. Pero lo que quiero para ellos es mucho más concreto, más exigente y, quizá, más incómodo de admitir: quiero que no me necesiten.

No en el sentido afectivo, no en el amor que siempre tendrán de nosotros, sino en lo esencial. Quiero que puedan valerse por sí mismos. Que sepan levantarse cuando la vida les cierre una puerta. Que tengan la capacidad de generar, de construir, de decidir. Que si un día ya no estamos, no sientan que les falta el mundo.

Ese es, en el fondo, el mayor acto de amor y el verdadero deber de los padres. El deber de no ser necesarios.

Porque amar no es retener. Amar no es hacer indispensable la propia presencia. Amar, llevado hasta sus últimas consecuencias, es formar para la independencia. Es preparar para la ausencia. Es aceptar, incluso con dolor, que el éxito de la crianza se mide en la capacidad de soltar.

Y eso implica más que solo proveer. Implica educar, formar carácter, enseñar a frustrarse, a esperar, a trabajar, a perder. Implica, en muchas ocasiones, no resolverles todo.

Porque unos padres que resuelven todo, que evitan las incomodidades, que sustituyen el esfuerzo por la facilidad, no están amando mejor. Están criando dependencia.

Reconozco que siempre está esa tentación cotidiana de hacerles la vida más fácil. De evitarles el tropiezo, de intervenir antes de que se equivoquen, de darles lo que no han construido. Es una tentación poderosa, porque viene disfrazada de amor. Pero en realidad es miedo. Miedo a verlos sufrir, miedo a que fallen, miedo, incluso, a que ya no nos necesiten.

Sin embargo, hay que resistir. Porque ningún buen padre desea que su hijo adulto siga dependiendo de él para sobrevivir. Nadie sueña con un hijo que no puede tomar decisiones, que no puede sostenerse, que no puede enfrentar la vida sin pedir permiso. Nadie celebra haber criado a alguien incapaz de generar su propio sustento.

Creo que esa preocupación genuina de los padres por sus hijos debería ser también la que oriente la acción de cualquier gobierno hacia la niñez y la juventud. En su razón de ser, un gobierno debería parecerse a buenos padres, en el propósito de formar ciudadanos libres, capaces y autónomos.

Un gobierno que reparte apoyos sin formar incurre en la misma lógica que un padre que da dinero a su hijo sin enseñarle a ganarlo. Puede parecer generoso en el corto plazo, e incluso justificarse en momentos específicos, pero cuando se vuelve costumbre deja de ser una respuesta y pasa a ser un reemplazo. No enfrenta el problema de raíz, solo lo difiere, mientras instala dependencia y erosiona la capacidad de las personas para sostenerse por sí mismas.

Hoy se ha vuelto común pensar que el bienestar puede sostenerse a base de transferencias y apoyos constantes que ofrecen alivio inmediato. Y aunque hay momentos en los que la ayuda no solo es válida, sino necesaria, convertirla en regla termina por vaciarla de sentido. Porque una cosa es tender la mano para que alguien se levante y otra muy distinta es acostumbrarlo a no caminar.

Cuando el apoyo se vuelve permanente, como ocurre con los hijos sobreprotegidos, algo empieza a deteriorarse en silencio. Se debilita la responsabilidad individual, se apaga el impulso por esforzarse y se normaliza la idea de que alguien más debe resolver lo que a uno le corresponde. Así, poco a poco, se forma una ciudadanía que espera y que se acostumbra a pedir sin actuar

En casa lo entendemos con claridad. No se trata igual el esfuerzo que la indiferencia. Se reconoce, se exige y se empuja a cada hijo a dar lo mejor de sí, incluso cuando eso incomoda o demanda más de lo esperado. En esa exigencia hay respeto y la certeza de que el otro es capaz.

Un país que aspira a desarrollarse debería sostener esa misma lógica. No diluir el valor del esfuerzo con apoyos sin distinción, sino abrir caminos reales para quien decide prepararse y salir adelante, favoreciendo a quien se esfuerza por encima de quien permanece cómodo en la desidia. Porque cuando todo se entrega por igual, sin importar el compromiso, lo que se pierde no es solo el incentivo, se pierde el sentido mismo de intentar.

Basta llevarlo al extremo para entenderlo. Decirle a un hijo: “No te preocupes por aprender, no necesitas esforzarte, siempre habrá alguien que te dé lo que necesitas”, puede parecer compasivo, incluso amoroso. Pero en el fondo le estamos negando la posibilidad de construir su propia vida.

También hay decisiones que incomodan como padres, pero forman. Pensar en el futuro implica, muchas veces, decir que no, exigir más y sostener límites en el presente. No se trata de ser popular, sino de preparar. Ese mismo criterio debería guiar a cualquier gobierno serio. Apostar por la educación, fortalecer instituciones y generar condiciones reales de desarrollo, aunque los resultados no sean inmediatos ni políticamente rentables. Porque lo verdaderamente responsable no es lo que se aplaude hoy, sino lo que permitirá sostenerse mañana.

Este Día del Niño, mientras pienso en lo que quiero para mis hijos, no puedo evitar extender esa reflexión al país en el que crecerán. Porque no basta con criarlos bien en casa si el entorno les enseña lo contrario. No basta con pedirles esfuerzo si todo a su alrededor premia la inercia. No basta con hablarles de responsabilidad si el sistema les enseña a delegarla. Y tampoco basta con hablar de superación en un entorno que ha dejado de valorar la exigencia, donde el esfuerzo pierde peso y la preparación deja de ser una condición para avanzar.

Al final, todo se reduce a una decisión de fondo. Si queremos formar personas capaces de sostener su vida o acostumbrarlas a depender de alguien más. Y esa decisión se toma todos los días, en la crianza y también en la forma de gobernar.

Ojalá pudiéramos recordar siempre que el verdadero éxito al criar hijos radica en dejar de ser indispensables, y que amarlos, en su forma más profunda, es prepararlos para la libertad. Gobernar, en su forma más noble, debería aspirar exactamente a lo mismo.— Mérida, Yucatán

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Profesora universitaria y consultora financiera

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