Kookay Finanzas

Kookay Finanzas Kookay Finanzas
Creo firmemente en el poder de las finanzas mejorar la calidad de vida de las person

EL CAPITAL QUE DESPRECIAMOS En contabilidad existe una palabra que utilizamos con frecuencia: depreciación. La usamos pa...
23/08/2026

EL CAPITAL QUE DESPRECIAMOS

En contabilidad existe una palabra que utilizamos con frecuencia: depreciación. La usamos para reconocer que determinados bienes pierden valor con el paso del tiempo, por el uso, el desgaste o su obsolescencia. Una máquina, un automóvil, un equipo de cómputo se deprecian. Calculamos la depreciación y la reconocemos en los estados financieros. Es parte de la lógica contable. Aquello que se desgasta debe reflejar, de alguna manera, ese desgaste en su valor.

Pero hay otra depreciación de la que casi nunca hablamos y que, sin embargo, está presente en nuestra sociedad: la depreciación social de las personas. Y hay una palabra que se parece demasiado a depreciación, pero que pertenece a un territorio mucho más doloroso: desprecio. Mientras que la depreciación se calcula, el desprecio se ejerce. Una ocurre en los libros contables; el otro ocurre en la mirada, en las palabras y en la manera en que tratamos a las personas. Esa depreciación social aparece con el paso de los años: cuando las personas envejecen, comenzamos a mirarlas distinto, a escucharlas menos y a considerarlas menos atractivas, menos productivas, menos capaces, y en el extremo más cruel, menos valiosas.

Recientemente, las diputadas Nayeli Salvatori y Graciela Palomares generaron polémica por sus comentarios sobre los hombres mayores. En un fragmento de su podcast que se volvió viral, Salvatori afirmó que algunos hombres mayores “huelen a baúl del recuerdo”, mientras Palomares respondió que “ya se están pudriendo”. Sus expresiones fueron cuestionadas por el tono despectivo con el que abordaron el envejecimiento, las arrugas y el deterioro físico. Posteriormente, ambas ofrecieron disculpas y Salvatori anunció el cierre del podcast.

Más allá de la polémica y las disculpas, lo que verdaderamente me interesa es lo que esas palabras revelan sobre nuestra forma de mirar a quienes envejecen: ¿en qué momento decidimos que una persona pierde valor simplemente porque ha cumplido años? ¿Cuándo las arrugas, las canas y los cambios del cuerpo comenzaron a convertirse, ante nuestros ojos, en una forma de depreciación humana?

Quizá ocurre porque hemos confundido juventud con valor. Vivimos obsesionados con lo nuevo: el teléfono nuevo, el automóvil nuevo, la tecnología nueva, el rostro sin arrugas, el cuerpo joven y perfecto. Y lentamente trasladamos esa lógica de consumo a las personas. Lo nuevo parece atractivo; lo antiguo parece reemplazable. Pero una persona no es un producto. Un ser humano no pierde valor porque dejó de ser joven. Y, de hecho, en muchos casos ocurre exactamente lo contrario: el tiempo puede incrementar aquello que verdaderamente importa.

Creo que, en lugar de tratar a las personas como sujetos de depreciación con el paso de los años, la palabra que deberíamos utilizar cuando hablamos de adultos mayores es capital acumulado. Con el paso del tiempo, una persona puede acumular una casa, un terreno, ahorros, inversiones, un negocio, una pensión. Pero también acumula capital humano, conocimiento, relaciones, capacidad para negociar, capacidad para resolver problemas, experiencia laboral y criterio. Acumula errores y las lecciones que esos errores dejaron. Ese capital no aparece necesariamente en una cuenta contable o en una cuenta bancaria, pero tiene un valor enorme.

Además, existe una contradicción que me parece particularmente dolorosa. Muchas veces depreciamos socialmente a los adultos mayores mientras recurrimos constantemente a su capital acumulado. Los hijos que todavía no pueden comprar una vivienda regresan a la casa de sus padres. Quienes enfrentan una emergencia económica buscan a mamá o a papá. Los abuelos cuidan a los nietos mientras los padres trabajan. Los jubilados ayudan a pagar colegiaturas, medicamentos, despensa o algún gasto inesperado. Hay familias que sobreviven gracias a una pensión. Hay otras que se sostienen porque un padre o una madre mayor conserva una casa que funciona como patrimonio familiar.

Qué contradicción tan dolorosa: A los adultos mayores los hacemos a un lado por su edad, pero recurrimos a ellos cuando necesitamos aquello que durante décadas lograron acumular.

Los llamamos “viejos”, pero queremos vivir en la casa que ellos compraron. Decimos que ya no entienden el mundo, pero recurrimos a sus ahorros cuando tenemos una emergencia. Criticamos sus costumbres, pero necesitamos que cuiden a nuestros hijos. Decimos que pertenecen al pasado, pero muchas veces son quienes sostienen económicamente el presente de sus familias.

Quizá deberíamos tener el valor de reconocer que algunos de los adultos mayores que hoy son tratados como una carga son, en realidad, parte del capital económico que permite que muchas familias sigan funcionando.

Y esto me parece particularmente importante en un país como México, donde la familia sigue siendo una de las principales redes de protección económica. Cuando el Estado no alcanza, cuando el salario no alcanza, cuando una enfermedad aparece, cuando se pierde el empleo o cuando una familia joven todavía no logra construir un patrimonio, muchas veces aparece el capital acumulado por generaciones anteriores.

Y aquí quiero hablarles especialmente a quienes hoy son adultos mayores, a quienes quizá escucharon esas palabras y por un instante sintieron que alguien intentaba hacerlos menos por los años que llevan sobre los hombros. No permitan que nadie les haga creer que sus canas son una derrota, que sus arrugas son una vergüenza o que el paso del tiempo les quitó valor. No tienen que competir con los jóvenes, porque ustedes poseen algo que ellos apenas están comenzando a construir: capital. Capital financiero, cuando tuvieron la oportunidad de acumularlo; capital humano, construido con décadas de trabajo; capital intelectual, formado a través de los años; capital emocional, nacido de las pérdidas, los amores y las batallas; capital familiar, tejido con generaciones; y, sobre todo, un capital que ninguna cuenta bancaria puede comprar: el tiempo vivido y la experiencia ganada.

No huelen a baúl del recuerdo. Huelen a patrimonio. Huelen a trabajo, a esfuerzo, a familia, a memoria, a resistencia y a vida. Huelen a todas las mañanas en las que se levantaron, aunque estuvieran cansados, a todas las veces que tuvieron que comenzar de nuevo y a todos los sacrificios que hicieron sin publicarlos en redes sociales. Y si tenemos suerte, algún día nosotros también tendremos ese aroma.

Porque envejecer no es perder valor. Envejecer es haber tenido la fortuna de acumular años y, con ellos, diversas formas de capital. Y los años, cuando se viven con dignidad y principios, son quizá el patrimonio más valioso que existe.— Mérida, Yucatán

[email protected] m



Profesora universitaria y consultora financiera

En contabilidad existe una palabra que utilizamos con frecuencia: depreciación. La usamos para reconocer que determinados bienes pierden valor con el paso del tiempo, por el uso, el desgaste o su obsolescencia. Una máquina, un automóvil, un equipo de cómputo se deprecian. Calculamos la depreciac...

EL SARGENTO DE LA ESCOLTAHace algunos años, uno de mis hijos tenía un sueño muy particular: quería formar parte de la es...
16/08/2026

EL SARGENTO DE LA ESCOLTA

Hace algunos años, uno de mis hijos tenía un sueño muy particular: quería formar parte de la escolta de su escuela.

Mucho antes de llegar al grado en el que podía aspirar a formar parte de ella, comenzó a interesarse por todo lo relacionado con la escolta. Leyó el reglamento, averiguó cuáles eran los requisitos y descubrió que, entre otras cosas, debía mantener un buen promedio y no tener avisos disciplinarios. En su escuela, el privilegio de formar parte de la escolta estaba reservado a los alumnos de sexto grado con los mejores promedios. Y aquello, lejos de parecerle injusto, lo tomó como un reto. Él sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

Cuando finalmente llegó a sexto grado, se inscribió como interesado en formar parte de la escolta. Se había esforzado en sus calificaciones, había cuidado su conducta y finalmente lo logró. Pero la historia no terminó ahí. Tenía una meta muy específica: quería ser el sargento de la escolta.

Cuando se hizo la primera distribución, le correspondió una de las posiciones de retaguardia. Podría haberse quedado ahí y pensar: “Ni modo, me tocó este lugar”. Pero no lo hizo. Él quería ser el sargento y entendió que, si quería conseguirlo, tenía que prepararse.

Entonces comenzó una de esas escenas que como madre jamás voy a olvidar. Practicaba en la casa. Daba vueltas alrededor de la mesa, marchaba, se detenía, volvía a marchar y gritaba sus órdenes de sargento una y otra vez. A veces aquello nos hacía sonreír. Marchaba alrededor de la mesa con mucha seriedad como si estuviera frente a toda una escuela.

En casa les hemos enseñado a nuestros hijos que pueden intentar lograr lo que quieran, pero también que para conseguirlo se requiere esfuerzo, disciplina, perseverancia y responsabilidad. Que no deben rendirse. Si intentan algo y no lo logran, deben prepararse mejor y volver a intentarlo. Que cuando una puerta no se abre, antes de concluir que el mundo fue injusto con ellos, deben preguntarse qué pueden hacer para estar mejor preparados cuando aparezca la siguiente oportunidad.

Mi hijo practicó durante semanas. Un día consideró que ya estaba listo, se armó de valor y habló con el profesor encargado de la escolta. Le pidió una oportunidad. En esencia, le dijo: “Pruébeme”.

Y lo probaron. Lo hizo bien y terminó convirtiéndose en el sargento de aquella escolta.

Para mí, esa historia tiene mucho más valor que el simple hecho de que mi hijo haya conseguido una posición que quería. Durante ese proceso aprendió que una persona puede no estar preparada hoy y estarlo mañana si trabaja para conseguirlo. Aprendió que el talento ayuda, pero que la disciplina puede llevarlo mucho más lejos. Aprendió que recibir una responsabilidad también significa estar a la altura de ella.

Por eso, hace unos días, cuando conocí la noticia de que en la Ciudad de México se había modificado el criterio para integrar las escoltas escolares, bajo el argumento de promover la inclusión, la igualdad y la no discriminación, estableciendo un esquema rotativo para que más alumnos pudieran participar, pensé inmediatamente en esta historia. Sé que esta medida todavía no aplica en Yucatán, pero me parece que vale la pena detenernos a reflexionar sobre lo que estamos enseñando a nuestros niños cuando eliminamos de manera general los criterios que reconocen el esfuerzo y el desempeño.

No considero elitista ni excluyente pedir que un niño que forme parte de la escolta de su escuela tenga buenas calificaciones y buena conducta. Las buenas calificaciones no son un privilegio reservado para unos cuantos. La disciplina tampoco. No hablamos de una característica genética ni de algo que una familia pueda comprar. Hablamos de condiciones que, con esfuerzo, acompañamiento y constancia, cualquier alumno puede aspirar a alcanzar.

Y aquí está, para mí, la diferencia fundamental. Una cosa es decirle a un niño que no puede formar parte de una escolta porque no tiene las mismas posibilidades económicas que otro. Eso sí sería muy injusto. Otra muy distinta es decirle que necesita mejorar sus calificaciones o su conducta para aspirar a formar parte de ella.

En este segundo caso, no les estamos cerrando la puerta, sino les estamos señalando un camino. Les estamos diciendo: estudia más, mejora tu comportamiento, sé constante, prepárate y demuestra que puedes asumir la responsabilidad. Eso no es exclusión. Es formación.

Desde hace algunos años veo con preocupación una tendencia a querer eliminar cualquier diferencia entre esfuerzo y resultado. Parece que nos incomoda que alguien reciba un reconocimiento porque trabajó más. Nos preocupa que un niño se sienta mal porque otro obtuvo el primer lugar. Nos preocupa que exista competencia y, para evitar la frustración, terminamos intentando eliminar aquello que la produce.

Pero la vida no funciona así. Cuando una conducta tiene una consecuencia positiva, existe un incentivo para repetirla. Si una empresa reconoce la productividad, genera un estímulo para mejorar. Si una escuela reconoce el desempeño, está enseñando que el esfuerzo tiene recompensa.

Es preocupante ver la sobreprotección que viven los niños hoy en día. Quizá, sin darnos cuenta, estamos privándolos de algo que necesitarán durante toda su vida: la capacidad de enfrentarla.

Deberíamos tener muy claro que incluir no significa igualar por abajo. Exigir no significa excluir. Y algunas veces, la manera más amorosa de decirle a un niño “creo en ti” es decirle: “Prepárate. Esfuérzate. Inténtalo otra vez. Y cuando estés listo, ve por ello”.

Porque si cada vez que un niño encuentra una dificultad nuestra respuesta es quitarle el obstáculo, llegará un momento en que no sabrá qué hacer cuando encuentre uno que nadie pueda quitarle.

Y eso me preocupa pensando en las generaciones que estamos formando. ¿Qué pasará cuando lleguen a la vida adulta y quieran obtener las cosas sin tener que esforzarse? ¿Qué sucederá cuando crean que merecer algo es suficiente para tener derecho a recibirlo?

Yo tuve la fortuna de ver algo distinto en mi hijo. Vi a un niño que no esperaba que alguien le regalara la posición que quería. Quería ganársela. Y también vi a los demás integrantes de aquella escolta trabajar durante meses para consolidarse como equipo. Aprendieron a caminar al mismo ritmo, a coordinarse, a corregirse y a confiar unos en otros.

Por eso me pregunto qué ocurrirá con las nuevas generaciones si dejamos de enseñarles que hay metas que requieren preparación y responsabilidades que requieren estar a la altura de ellas.

Poco antes de que terminara aquel curso escolar ocurrió algo que terminó de darle sentido a toda esta reflexión. La escuela de mi hijo fue sede de una Copa Nacional. Ese día la escolta se lució como nunca. Marcharon con gallardía, disciplina y precisión, con esa seriedad que uno espera cuando ve a unos niños llevando la bandera de México.

Yo estaba ahí como mamá y sentí un orgullo difícil de explicar. Porque cuando uno ve a su hijo marchar con el lábaro patrio, entiende que no está viendo solamente a un niño caminando. Está viendo meses de ensayos, correcciones, trabajo en equipo y disciplina. Está viendo cientos de pasos que nadie vio antes de aquel momento.

Y mientras los veía avanzar, pensé en mi hijo dando vueltas alrededor de una mesa, practicando una y otra vez aquellas órdenes de sargento. Pensé en el momento en que decidió pedirle a su profesor que le diera una oportunidad. Pensé en todos esos niños que habían aprendido a caminar al mismo ritmo. Y entendí que la exigencia que les habían puesto para formar parte de aquella escolta no había sido un obstáculo. Había sido parte de su formación.

Porque, al final, no solo aprendieron a marchar. Aprendieron a esforzarse, a seguir instrucciones, a liderar, a trabajar en equipo y a asumir responsabilidades. Aprendieron que llevar la bandera de México es un honor que merece el más profundo respeto.

[email protected]



Profesora universitaria y consultora financiera

Editoriales del Diario de Yucatán: el pulso peninsular en política, salud, cultura y deporte; visiones claras y objetivas del panorama actual

CUANDO LO ILEGAL EMPIEZA A PARECER JUSTO.Entre los temas que dominaron la conversación esta semana en Mérida estuvo el c...
09/08/2026

CUANDO LO ILEGAL EMPIEZA A PARECER JUSTO.

Entre los temas que dominaron la conversación esta semana en Mérida estuvo el cierre del Periférico, provocado por un grupo de personas que protestaba tras haber sido desalojado de unos terrenos que había ocupado de manera irregular.

Más allá del bloqueo, de las horas perdidas, del tráfico y de la molestia de miles de personas que simplemente intentaban llegar a su trabajo, a su casa o a una cita médica, uno de los aspectos que más atención generó fueron las declaraciones de algunas de las personas que ocupaban esos terrenos. Una de ellas expresó: “No se me hace justo que estos terrenos que invadimos con trabajo, con sacrificio, estábamos durmiendo en la lluvia, nos vengan a desalojar de un día para otro”. Otra afirmó que hay personas que tienen hasta dos o tres casas y que esas propiedades deberían darse a la gente pobre.

Esas declaraciones seguramente provocaron distintas emociones entre quienes vieron los videos. En mi caso, confieso que me generaron preocupación, incluso cierto desasosiego, porque la impresión que me quedó fue que aquellas personas no consideraban estar haciendo algo incorrecto, sino defendiendo aquello que, desde su propia percepción, era justo, necesario y hasta merecido.

Esa convicción con la que sostenían su postura es precisamente lo que más me inquieta, porque deja entrever algo sobre la sociedad en la que nos estamos convirtiendo y sobre una idea de justicia que parece estar distorsionándose, al grado de que estamos perdiendo la capacidad de distinguir entre satisfacer una necesidad, hacer lo correcto y actuar conforme a la ley.

Quiero ser muy clara, porque no quiero que este artículo se interprete como una defensa de la indiferencia ante la pobreza, porque no lo es. Desde hace tiempo he escrito sobre el incremento en los precios de la vivienda, sobre las dificultades que enfrentan las nuevas generaciones para adquirir una casa, sobre la gentrificación y sobre cómo la vivienda se ha convertido también en un activo de inversión, cuando debería ser, antes que nada, un derecho humano. El problema es serio y lo he señalado en múltiples ocasiones. Pero precisamente porque el problema es serio, no podemos pretender resolverlo destruyendo otro principio fundamental: el respeto a la ley y a aquello que, como sociedad, reconocemos como correcto.

Que una familia no pueda comprar una casa no significa que tenga derecho a apropiarse de un terreno. Que una persona sea pobre no significa que pueda disponer de una propiedad ajena. Y que alguien tenga dos o tres casas tampoco significa que una de ellas deba ser entregada a quien no tiene ninguna. Al menos para mí, estos son principios básicos de convivencia que no deberíamos perder de vista, incluso cuando hablamos de pobreza, desigualdad y justicia.

Defender el derecho a la vivienda no significa defender el derecho a apropiarse de un terreno ajeno, y ayudar a quien menos tiene tampoco significa regalarle lo que pertenece a otra persona. Si comenzamos a confundir esas dos cosas, corremos el riesgo de desvirtuar una palabra que debería ser sagrada para cualquier sociedad: justicia.

Porque, ¿qué significa realmente que algo sea justo? Esa es la pregunta que, en medio de toda esta discusión, parece haberse perdido. Si una familia no tiene vivienda, es justo que el Estado busque una solución. Si una persona trabaja y aun así no puede acceder a una casa, es justo preguntarnos qué está fallando en nuestra economía. Si los precios de los terrenos y de las viviendas crecen mucho más rápido que los salarios, es justo cuestionar el modelo de ciudad que estamos construyendo. Si una generación de jóvenes descubre que, aun teniendo estudios, empleo y capacidad de ahorro, no puede comprar una vivienda, tenemos que preocuparnos. Todo eso forma parte de una discusión legítima y necesaria. Pero de ahí a concluir que ocupar un terreno que no nos pertenece se convierte en un acto justo porque tenemos una necesidad, hay una gran distancia. Una necesidad puede explicar una conducta, pero eso no significa que pueda convertirla en correcta.

No dudo que detrás de la invasión de una propiedad haya una familia desesperada por encontrar un lugar donde vivir. Pero el sufrimiento y la necesidad no justifican actuar en contra de la ley. La pobreza no puede convertirse en una justificación moral para todo.

Porque también hay familias pobres y desesperadas que se esfuerzan todos los días y que, aun así, no deciden invadir. Existe la familia que lleva años pagando una renta mientras intenta ahorrar para reunir un enganche. Existe quien firmó una hipoteca y ahora, cada mes, debe cumplir con una obligación que se extenderá durante veinte o veinticinco años. Esa gente también se sacrifica. También necesita una vivienda. También tiene hijos y necesidades. La diferencia es que decidió construir su patrimonio dentro de las reglas que existen.

¿Dónde quedan ellos? ¿Dónde quedan su esfuerzo y su sacrificio? ¿Dónde queda la justicia para quien decidió hacer las cosas conforme a la ley? ¿Por qué el sacrificio de quien invade tendría que valer moralmente más que el sacrificio de quien ahorra, trabaja y cumple?

Por supuesto que, en una sociedad, debemos trabajar para corregir las desigualdades de origen, porque nadie elige la familia en la que nace, el nivel de ingresos de sus padres ni las oportunidades que tuvo durante su infancia. No podemos hablar de igualdad de oportunidades cuando algunas personas comienzan la vida con educación, patrimonio y redes de apoyo que otras nunca tuvieron. Pero corregir esas desigualdades no significa eliminar toda diferencia en los resultados ni hacer que el esfuerzo deje de tener valor.

Apoyar a quienes menos tienen significa generar condiciones reales para que puedan avanzar. Una beca puede abrir la puerta a una mejor educación; un crédito puede ayudar a una familia a construir su patrimonio, y una vivienda social puede ser el punto de partida de una vida más estable. Lo que no debemos hacer, como sociedad, es confundir apoyo con dádiva ni justicia con el simple acto de entregar recursos.

Como madre, quiero una sociedad en la que una persona, independientemente de su origen y de los recursos con los que empiece, tenga la posibilidad de llegar lejos si está dispuesta a trabajar por ello. Quiero que mis hijos puedan tener más de lo que tuvimos nosotros, sus padres, no porque alguien se los regaló, sino porque tuvieron oportunidades y se esforzaron para construirlo. Eso es movilidad social. Eso es justicia. Y para conseguirlo necesitamos dejar de pensar únicamente en cómo repartir lo que ya existe y comenzar a preguntarnos cómo generamos más oportunidades para todos. Si quienes gobiernan no entienden que esa debe ser la verdadera meta de una política social, ojalá nosotros, como sociedad, tengamos la claridad y la valentía para exigirlo.

[email protected]



Profesora universitaria y consultora financiera

Editoriales del Diario de Yucatán: el pulso peninsular en política, salud, cultura y deporte; visiones claras y objetivas del panorama actual

APAGONES: NEGOCIANDO CON LA OSCURIDADHay silencios que, cuando llegan, despiertan una multitud de sentimientos. Enojo, i...
02/08/2026

APAGONES: NEGOCIANDO CON LA OSCURIDAD

Hay silencios que, cuando llegan, despiertan una multitud de sentimientos. Enojo, impotencia, angustia y, sobre todo, una sensación de vulnerabilidad. En Yucatán, ese silencio tiene un sonido inconfundible: el instante en que el ventilador deja de girar o el aire acondicionado se apaga y, de pronto, todo parece quedar suspendido. Después llega la incertidumbre. ¿Serán solo unos minutos o pasarán horas antes de que regrese la electricidad? Con ella llega también la preocupación, porque detrás de cada puerta hay una realidad distinta: un bebé, un adulto mayor, un enfermo, un pequeño negocio o, simplemente, una familia que sabe que esa será una de esas largas noches en las que dormir será casi imposible.

Quienes no viven en esta tierra quizá piensen que se trata únicamente de una molestia pasajera. Pero quienes hemos pasado una madrugada entera intentando dormir mientras el calor nos roba el descanso y hace interminables las horas, sabemos que un apagón es mucho más que la interrupción de un servicio. Es una prueba de resistencia en la que el cuerpo se agota, la paciencia se pone a prueba y cada minuto parece durar una eternidad.

Pero mientras algunos intentan sobrellevar el malestar físico que provoca el calor, otros no dejan de hacer cuentas. El dueño de una pequeña tienda mira con preocupación sus refrigeradores y calcula cuánto más podrá resistir la mercancía. El restaurantero piensa en la carne, los mariscos y los lácteos que podrían perderse si la electricidad tarda demasiado en regresar. En el hotel, la experiencia de los huéspedes comienza a cambiar con cada instante de espera. La dueña de una estética empieza a reprogramar citas. Son interrupciones que pueden parecer pequeñas cuando se observan de manera aislada, pero que detrás de cada negocio representan ingresos perdidos, clientes que quizá no regresen y esfuerzos que nadie puede recuperar.

Sin embargo, existen preocupaciones mucho más grandes que las pérdidas económicas.

Hay familias con un ser querido en casa cuya salud depende de un equipo de oxígeno funcionando de manera continua. Enfermos que permanecen en cama y para quienes un apagón significa mucho más que calor. Significa miedo. También están los hospitales, donde la electricidad no representa comodidad, sino una condición indispensable para atender emergencias, mantener equipos funcionando y proteger vidas. Ahí, un apagón no es solamente una interrupción del servicio; es la espera angustiante de saber si los sistemas de respaldo responderán cuando más se necesitan.

Hasta que ocurre un apagón, pocos nos detenemos a pensar en el papel que la electricidad ocupa en nuestras vidas. La hemos incorporado de tal manera a nuestra rutina que dejamos de verla. Está ahí cuando conservamos los alimentos, cuando un estudiante enciende su computadora para hacer una tarea, cuando un negocio abre sus puertas, cuando un hospital atiende una emergencia o simplemente cuando llega el momento de descansar después de una larga jornada. Nos acostumbramos tanto a su presencia que olvidamos que la electricidad no es solamente un servicio; es una condición que hace posible buena parte de la vida que conocemos.

Pero basta con alejar un poco la mirada para entender la verdadera dimensión del problema. Lo que sucede en una sola casa ocurre, al mismo tiempo, en miles de hogares, negocios y empresas a lo largo del estado, varias veces al día. Y cuando una situación deja de ser aislada y comienza a multiplicarse de esta manera, deja de ser una simple molestia individual para convertirse en un lastre que afecta la economía de todo un estado.

Desde una perspectiva financiera, los apagones representan un costo oculto que pocas veces aparece reflejado en las estadísticas oficiales, pero que se siente en la productividad, en la competitividad y en la confianza de quienes trabajan, emprenden o deciden invertir en Yucatán.

Pensemos en la cantidad de pequeñas y medianas empresas que sostienen la economía yucateca. Son ellas, más que las grandes empresas, las que generan una parte fundamental de los empleos y mantienen en movimiento la actividad económica del estado. Y son precisamente ellas las que tienen menos margen para absorber el impacto de un apagón. Muchas no cuentan con plantas de emergencia, no tienen inventarios de respaldo ni la capacidad financiera para resistir durante mucho tiempo una interrupción de sus operaciones. Cada hora sin electricidad, multiplicada por cientos de negocios, representa producción detenida, ventas que no regresan, clientes que se pierden y jornadas de trabajo que nadie puede recuperar.

Además, el impacto de los apagones no se queda únicamente en las pérdidas que ocurren dentro de cada negocio. También alcanza una dimensión más amplia: la confianza en la capacidad de nuestro estado para seguir creciendo y atraer nuevas inversiones.

Hemos pasado años construyendo una narrativa de estado atractivo, seguro, con vocación de crecimiento, capaz de sumarse a la ola de relocalización de empresas hacia México. Pero ninguna empresa seria invierte millones de dólares en una región sin antes hacerse una pregunta elemental: ¿el suministro eléctrico es confiable? Una fábrica con procesos continuos, una planta que no puede arriesgar maquinaria ni materia prima, evalúa la infraestructura energética con el mismo rigor con el que analiza la mano de obra o la conectividad logística. Y esa evaluación, invisible para la mayoría, puede definir si una inversión llega a Yucatán o termina en otro estado.

Y está también el turismo, uno de los grandes motores de la economía yucateca y una de las principales cartas de presentación de nuestro estado. Durante años hemos construido una imagen basada en nuestra riqueza cultural, nuestra gastronomía, nuestra seguridad, la calidez de nuestra gente y la experiencia única que ofrecemos a quienes nos visitan. Pero el turismo no se construye únicamente con atractivos; también se construye con la capacidad de garantizar una estancia cómoda, segura y confiable.

Por eso, exigir un servicio eléctrico digno y confiable no debería ser una petición más en la larga lista de pendientes de Yucatán; debería ser una prioridad innegociable. Porque de nada sirve construir carreteras, atraer inversiones, formar profesionistas o soñar con un futuro próspero si, al final del día, todo ese esfuerzo se detiene en el instante en que la luz se va.

Quizás deberíamos recordar que el avance de un estado no se mide únicamente por sus grandes proyectos, sino también por su capacidad de exigir, ante quien corresponda, que los servicios esenciales estén garantizados. Porque mientras sigamos negociando con la oscuridad, seguiremos postergando la posibilidad de construir un Yucatán con la certeza y la estabilidad que su gente merece.— Mérida, Yucatán

[email protected] m



Profesora universitaria y consultora financiera

Editoriales del Diario de Yucatán: el pulso peninsular en política, salud, cultura y deporte; visiones claras y objetivas del panorama actual

Si conoces a una joven que sueña con estudiar en Mérida, este mensaje puede cambiarle la vida.Hay puertas que no debería...
26/07/2026

Si conoces a una joven que sueña con estudiar en Mérida, este mensaje puede cambiarle la vida.

Hay puertas que no deberían cerrarse jamás. La Casa de la Protección de la Joven ha sido, durante más de 75 años, un hogar seguro donde cientos de estudiantes foráneas encontraron mucho más que un techo: encontraron apoyo, formación, disciplina, amistades y la oportunidad de convertirse en profesionistas.

Hoy esa puerta corre el riesgo de cerrarse por falta de residentes.

No permitamos que una joven deje de estudiar simplemente porque nunca supo que este lugar existía.

Te pido un favor muy sencillo, pero muy poderoso: comparte esta publicación. Envíala a una preparatoria, a una universidad, a un presidente municipal, a un DIF, a una maestra, o a esa familia que tiene una hija con el sueño de llegar a la universidad.

A veces, un simple "compartir" no solo difunde información. También puede abrir la puerta al futuro de alguien.

Porque cuando ayudamos a una joven a estudiar, no solo transformamos una vida. Transformamos una familia, una comunidad y el mañana de todos.

Dirección

Calle 16 # 75 X 11 Y 13 Colonia México
Mérida
97125

Horario de Apertura

Lunes 9am - 5pm
Martes 9am - 5pm
Miércoles 9am - 5pm
Jueves 9am - 5pm
Viernes 9am - 5pm

Teléfono

+529992781527

Página web

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Kookay Finanzas publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Contacto La Empresa

Enviar un mensaje a Kookay Finanzas:

Atajos

Compartir